No se me va de las lágrimas. En memoria de Ana María Matute

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Queridísimo amigo:

Si por costumbre y por afecto te suelo tener muy presente en mi día a día, gracias a tus imprescindibles consejos y a lo gozoso de los encuentros que hemos mantenido a lo largo de los años que venimos conociéndonos, ese recuerdo se ha hecho aún más vívido desde el miércoles 25 de junio, día en que doña Ana María se marchó, quiero creer, al reino de Olar, a poner orden en el gobierno de Gudú.

Desde entonces, en mi corazón y en mi biblioteca particular ondea a media asta una bandera imaginaria que no tengo intención de izar a lo más alto hasta que la pena y el duelo se me pasen. Así respiro desde el miércoles, bandeando una tristeza que se me ha instalado muy adentro y que convive con la certeza de que ya no habrá más doña Ana María, que doña Ana María se acabó. Y me agarro al recuerdo de nuestras conversaciones (eternas) sobre la autora, a propósito de su Paraíso inhabitado, y constato que de poco consuelo me sirven sus libros si ya nunca más tendremos la renovación de su palabra, su visión de la vida en un tiempo conjugado en presente.

Así estoy pasando estos días en los que doña Ana María no se me va ni de la cabeza ni de las lágrimas. Días en los que la añoranza convive a duras penas con una rabia avivada por el trato concedido a su memoria. Qué desagradecidos somos, resoplo mientras hojeo los diarios que cubren su muerte y repasan su legado. No concibo la ausencia de pompa, lágrimas o lamentos colectivos en su despedida. Y me revuelvo impotente por que no se hayan decretado varios días de luto nacional por la pérdida de todo un símbolo literario y feminista. Me resulta inexplicable que se trate con tibieza a quien tantísimo ha contribuido a la formación de varias generaciones de lectores y ha sido un ejemplo de lucha para las mujeres. ¡Qué ingratos somos!, insisto.
Al auxilio de mis malos pensamientos vienen algunos de los personajes que doña Ana María concibió. Y cierro los ojos y extiendo los brazos a fin de alcanzar a uno de ellos, al pequeño Gavrila, mi favorito, a quien  imagino acogiendo a doña Ana en su regazo infantil, agradecido por el milagro de haberle conferido la inmortalidad.

Acabo ya aunque la pataleta persistirá por algunos días más. Quien sabe si serán años. En algunos asuntos soy muy sentimental.

Gracias, amigo querido, por asistirme con tu afecto en estas horas tristes. Un abrazo,

M.

(Escrito el 27 de junio de 2014).

El otro Meursault

Yo creía que mi madre iba a estar siempre conmigo, así que su muerte me pilló desprevenido. A pesar de la enfermedad que arrastraba desde hacía tiempo y le había sumido en un estado calamitoso, señal inequívoca de un final próximo y que, sin embargo, yo prefería negar, amparado en el axioma de que una madre es eterna, al menos mientras un hijo la necesite.

Su pérdida trajo consigo, además, la sensación de no haber sabido aprovechar el tiempo que pasamos juntos. Por poner un ejemplo, me atormentaba no haberle dicho con más frecuencia te quiero. No lo tenía por costumbre a causa del pudor, la tibieza, la dejadez o qué se yo. Prefería ampararme en una sucesión de gestos cariñosos que suplieran la ausencia de palabras. En ocasiones, ella solía corresponder a éstos con una mirada interrogante, a la espera de una reacción mía, digamos más lingüística; y yo sólo acertaba a hundir mi cabeza en su pecho cálido y blandito y abandonarme, sin más, a su olor que tan delicioso me parecía y a la manera de latir su corazón, un hechizante tic-tac que me transportaba a mi primera infancia, cuando ella y yo fuimos tan felices.

Escenas como ésta se sucedían de vez en cuando. Como aquel domingo en que tras haber almorzado juntos en su piso, quise sorprenderla en la cocina, donde se encontraba afanada en recoger los restos del postre. La alcancé por la espalda, agarré su cintura y volví con delicadeza su cuerpo enjuto hasta situarnos cara a cara. Entonces la estreché entre mis brazos con fuerza y sentí, aterrorizado, la fragilidad que se había apoderado de su esqueleto. Me negué a aceptarlo, a reconocer en ella la prueba irrefutable de lo que el destino nos tenía reservado casi de inmediato. Como si ignorar el preludio de la tragedia descrita al detalle y rubricada en un informe médico pudiera obrar el milagro de restañar su salud.

Un escalofrío me traspasó el alma. Lo interpreté como un nuevo signo premonitorio. Aun así mantuve el abrazo, largo y cada vez más intenso. Y aunque noté que le faltaba el aire, no quise soltarla. Incluso intenté un te quiero frustrado por el suave empujón con el que ella se liberó de mí. Entre resuellos me decía “hijo, por Dios, casi me ahogas”, mientras enmarcaba mi rostro entre sus manos y me besaba repetidamente en la punta de la nariz.

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