3. Dispersión

3.- Dispersión

Los días, en su mayor parte, transcurren delante del piano sin otro interés que dejar caer mis dedos sobre teclas elegidas al azar, a la espera de que sea la melodía la que me encuentre a mí y no al revés. Hasta que la desesperación comienza a hacer mella en mi perseverancia. Cambio entonces a la guitarra, que acomodo en mi regazo con el deseo de que por fin pueda sonar como me gustaría y no consigo, a pesar de mi insistencia en
pellizcar las cuerdas y colar mis dedos entre ellas tratando de inventar arreglos que ya no sé si son nuevos o similares a los de siempre, de tanto que los ejecuto. Hasta que no puedo más y doy por finalizada la jornada de trabajo, por lo general, a la caída del sol. Para entonces ya me habré apretado varias copas y puede que haya incluso finalizado, al menos, un par de paquetes de Chester.

Estos ademanes de músico frustrado suelen devenir en un estado maníacodepresivo
que se instala durante horas y que, en ocasiones, trato de superar, alcoholizado, mediante la lectura de algunos de mis autores de cabecera o a través de la contemplación del hayedo y el valle, mientras fracaso una y otra vez en el intento de acomodarme en los escalones del porche.

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En el marco de una de estas sesiones de aletargamiento mental la inconsciencia se me ha disparado hasta el punto de querer colarme en la parcela vecina, habitada de nuevo desde hace unos días y de la que he visto salir una furgoneta hace un rato. Y eso es lo que he hecho: saltar sin más la valla de madera que separa ambas propiedades y que tanto me recuerda a la que limita la casa de la tía Polly en Las aventuras de Tom Sawyer. Con la espalda arqueada como si fuera un gato, y de puntillas para no dejar estampadas las huellas de mis botas en el suelo de tierra en el que afloran raquíti2. Lugares propioscas briznas de hierba, he recorrido a saltitos el espacio preciso hasta alcanzar la puerta principal. No más de diez metros.

Contra su madera descolorida, de apariencia maciza y con varias vidas, he golpeado mis nudillos en un acto reflejo por el que he deseado que me tragara la tierra. Segundos después he deseado que me devolviera sobre ella, tras corroborar la ausencia de alguien que pudiera estar al otro lado, rozando con sus pestañas la mirilla mientras contiene la respiración. Con el aliento recobrado y un ojo al acecho de posibles miradas procedentes de las fincas vecinas, me he asomado a todas las ventanas en busca de un punto de fuga hacia el interior, las manos unidas ejerciendo de ventosa entre mis ojos y el cristal con la idea de evitar los reflejos que desprende el final del día.

No tener mis gafas a mano ha dificultado que adivinara, en un primer vistazo, una habitación amplia de techos altos y paredes de color claro, una chimenea generosa y una pila de cajas de diverso tamaño, abiertas y amontonadas en el centro. Las sombras resultantes del pulso entre la luz crepuscular del exterior y la penumbra que habita dentro me han puesto difícil la identificación, en la pared derecha según se mira desde fuera, de una escalera sin barandilla que llega hasta la primera planta, y de dos puertas
al fondo de la habitación que advierten de sendos espacios que han resultado ser el baño y la cocina, según he confirmado a través de las ventanas y la puerta traseras que sirven de enlaces entre el interior y el porche, desde el que se avista una amplia explanada y el mismo horizonte que se contempla desde mi casa.

Un chirrido que enseguida he asociado con la verja de la casa, y el sonido procedente de un vehículo en marcha, cada vez más próximo, me han empujado a un momentáneo estado de pánico que ha sobrevenido en la necesidad de echar a correr hacia el fondo del jardín. Al huir, he sentido a mi espalda cómo la luz iba inundando la casa, desde la explanada de la fachada principal hasta donde me encontraba, envolviendo el lugar de una iridiscencia casi mística. Para cuando la penumbra se ha desvanecido en la cocina, ya me encontraba parapetado tras unos setos de una altura y frondosidad menor de la que prometía la perspectiva, tratando de recuperar el aliento. Apostado tras ellos, como un forajido en un escondite improvisado en medio de la nada, he digerido malamente el bochornoso espectáculo al que mi curiosidad me ha abocado. También he calculado la
distancia que hay entre la linde y mi escondite y, a la de tres, he iniciado una espantada a contrarreloj, con el corazón palpitándome en la boca y un severo desorden en la respiración que por poco me obliga a renunciar a mi objetivo.

A punto de sortear la cerca, algo punzante se ha enredado entre mis piernas y no sólo me ha impedido avanzar sino que, además, ha provocado que perdiera el equilibrio y me diera de bruces contra un suelo mullido que ha resultado ser tierra cultivada. Sobrepuesto con dificultad del golpe y tras sacudirme el polvo de la boca, me he desprendido de un alambre de espino y he continuado con mi plan de fuga a menor velocidad a causa de una súbita cojera. El salto a la valla de la tía Polly me ha devuelto a mis dominios. Sobre su hierba tupida y fresca, bálsamo para mis pantorrillas malheridas, he caído exhausto. Aliviado también. Y un tanto avergonzado
por lo majadero que puedo llegar a ser.

El último trecho lo he efectuado a cuatro patas hasta alcanzar las escaleras del porche, sobre las que me he derrumbado. Boca arriba. Muy agitado. Con la mirada perdida en el cielo ya oscuro cuando he sido capaz de abrir los ojos. Poco después me he incorporado para revisar las heridas, apenas media docena de rasguños, y echar un último vistazo a la casa profanada en el instante preciso en que mi vecino, que ha resultado ser vecina, se afanaba por tender con esmero una interesante colección de prendas. Destacaba, entre ellas, una falda de vuelo que ha llamado poderosamente mi atención por cómo se enredaba en sus pliegues la brisa. Su recuerdo me ha acompañado hasta bien entrada la madrugada. También la imagen de unas piernas largas y esbeltas envueltas en esa tela que parecía plantar cara a la ley de la gravedad.

Capítulo extraído de la novela breve “Todo forma parte del plan”.
Capítulo anterior – 2.- Lugares propios
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